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Hacer lo que se puede

Un joven, Francisco Sola, me pasa un flayer por el celular. Hace un par de años lo tuve de participante en el único taller de escritura creativa que hice y ahora él, dentro de los eventos de Flama 2023, presenta un libro. No sé de qué va el libro, y me alegra muchísimo que lo haya publicado.

El título -por el cual se desprende el género, presumo de autoayuda- no es la temática que más me gusta: Hago lo que puedo se llama, y la bajada contiene este subtítulo: "Los beneficios de seguir a tu coherencia emocional". Ya sabemos que hay cantidad de gente escribiendo sobre estas cuestiones, casi como un rasgo de época. El coaching ontológico está en mis antípodas, pero tal vez Francisco haya hecho una genialidad y tal vez el rótulo con que se reconoce como "Creador digital" sea más un atajo de la escritura que la escritura misma. Aún a riesgo de no haberlo leído, percibo cómo viene la mano: en la era del vacío, con la hegemonía de las redes sociales que convirtieron a cada usuario en el dueño de un medio de comunicación, el suyo, hay algo que sobresale: el Yo. También esto ocurre mucho con la literatura, precisamente llamada la literatura del yo, es decir una historia que de entrada arranca con la historia del autor, tal vez sostenida en la teoría de que todo lo que se escribe es una consecuencia de nuestra biografía familiar. Si pensamos en Kafka, no podríamos dudar de tal aseveración; pero si nos detenemos en García Márquez, el yo del autor en muchas de sus obras tienen poco y nada que ver con su historia personal.

Vuelvo a Francisco. El título es elocuente. Él también hace lo que puede y ha decidido comunicar esa creencia, suponemos, como una clave del buen vivir. A donde me detengo más puntualmente (aunque insisto, no leí el texto) es en la bajada del título, habida cuenta de que todo el que escribe sabe perfectamente qué significa el subtítulo: a veces remite a una explicación; otras veces resulta indispensable como factor de venta; en ocasiones termina de decir lo que el título, por extensión o estilo, debía omitir.

El subtítulo es lo que perturba, o por lo menos a mí y a lo que creo un sofisma intelectual, o por lo menos una ingenuidad: los beneficios de seguir a tu coherencia emocional. Sé que Francisco debe creer profundamente en estos dos factores que son como locomotoras que chocan de frente: la coherencia y la emoción. O dicho en otras palabras: la razón y el corazón.

Para Francisco, en la aseveración hay un beneficio de actuar en línea con tu coherencia emocional. La pregunta es, ¿qué hacemos si la razón nos dice otra cosa? Y más aún: ¿qué hacemos si la razón, como suele suceder, tiene toda la razón?

Son, desde ya, intuiciones sobre un texto que no he leído. Conozco a Francisco desde mucho antes de que él existiera. Vale la digresión anecdótica como fundamento filosófico: la vida es un completo y a menudo absurdo azar. Fui compañero de colegio de su padre, que a su vez es hijo de militares. Se llama Jorge Luis y en la adolescencia, a los quince años, nos hicimos buenos amigos. Un día me invitó a su casa, en el regimiento, detrás de los cuarteles. En su cuarto charlamos de la vida y de las cosas. Entre esas cosas, en el ropero había un arma que, por supuesto, era del padre de Francisco. Entonces él quiso mostrarme cómo era esa cosa que yo nunca había visto.

Nos sentamos en el piso de la habitación. "Está descargada", dijo. Era un revólver, un pistolón, no sé ni qué marca ni de qué calibre. Estábamos charlando y él seguía jugando con el arma hasta que, sin quererlo, apretó el gatillo. La bala cruzó entre los dos y se clavó en el techo. El estampido, más de cuarenta años después, aún lo conservo en la memoria. Tampoco olvidé el susto que nos pegamos. Después la vida nos llevó a cada uno por su lado pero nadie, ni Jorge Luis ni yo, olvidamos esta historia. Cuando Francisco apareció en el taller, recordé perfectamente a su padre, a los días de la adolescencia, y, sobre todo, a lo efímero e ineluctable de la vida. Cinco o diez centímetros más de un lado o del otro a donde apuntaba el cañón del arma hubiera terminado conmigo o con Jorge Luis. Si era con él, ni Francisco ni mucho menos su libro hoy estarían con nosotros.

"Se hace lo que se puede", es un buen título. Hace rato aprendí que la coherencia emocional -es decir, no estafarse a veces neciamente a uno mismo en su sistema emotivo, en el corazón de las emociones- está lejos de ser un beneficio. Es un credo de tozuda fe que cuesta sangre, sudor y lágrimas. Y que casi siempre nos condena. Que emoción y razón raramente van juntas. Y que no hay que perder el tiempo porque la vida es un suspiro efímero, un teatro de títeres donde el Titiritero Cósmico hace lo que quiere con nosotros: a veces nos pone una lapicera en la mano; a veces un arma. A veces, nada. Y así vamos andando, haciendo lo que podemos.

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